No estoy seguro de que Segundo Antares y yo nos hubiéramos conocido tan a tiempo como lo hemos hecho (nació en 1981, nombrado como Carlos Mauricio Álvarez Gómez, en Chile, y yo antes, en 1947, en Cuba, y residiendo desde los noventa con doble nacionalidad en España) si no fuera por la velocidad y posibilidades de la Red que nos hicieron relacionarnos en el 2007. Es importante no olvidar que la Red no comunica, pero no hay dudas de que en cuanto a relacionar, y a expresar, informar y difundir, posibilita que, por ejemplo, lleguen a uno muchísimos más textos desde geografías distantes, y que cuando a uno le gusta el texto de un nuevo autor, y no mucho después admira otras y otras de sus creaciones literarias, logre desde el intentar leerlo más, y conseguir esas lecturas quizás de inmediato, hasta el conocer su rostro. “¿Qué tendrá que ver lo del rostro?” podría alguien preguntarse. Pues que a estas alturas, en mi caso, si al buscar las fotos de una mujer o de un hombre en la Red y hallarlas, me muestran un rostro que rechazo por lo que expresa, por sus marcas o carencias, entonces intento no mantener contactos algunos. A mi edad, la gran conquista, la enorme libertad, me refiero a las que tienen que ver conmigo más adentro, con la persona que soy, son no tratar a malas personas. “¿Y una foto o fotos permiten establecer con certeza que…?” En lo que a mí respecta, dadas mis profesiones y experiencias, una foto o fotos me permiten intuir, y como lo que puedo compartir y/o posibilitar no es, digamos, del sistema de salud, me siento en el derecho de ante una intuición en negativo: cuando menos abstenerme. Y si me equivoco, que venga la vida, tan poderosa, y se encargue por sí misma de demostrármelo. Ah, pero Segundo en sus fotos es como son muchos de sus textos: original, inusual, rompedor de moldes, desbordante de humor, ingenioso, de humanidad luminosa… Lo último, corroborado por lo centrado y verdadero de sus cartas (las que nos hemos cruzado en la amistad fraterna desde el 2012, personales), seguramente tan verdaderas como sus textos, unos que desde lo hiperbreve suman visiones críticas de la realidad, diseccionadoras desde infrecuentes ángulos, y con honduras que bien remueven memoria y conciencia.
Dentro de mi cruzada por renovar el cuento literario de nunca acabar –hiperbreve
por naturaleza–, cruzada por igual de nuestra institución y editorial,
el que primero leí de Segundo Antares fue un hallazgo, y me deslumbró: “VINO …y ahogó sus penas en un vaso de vino…”
Y no sólo a mí: un Jurado Internacional le otorgó uno de los Premios
Especiales del Concurso Internacional de Microtextos 2008 (certamen
donde fueron reconocidas maravillas dentro de la fórmula infinita del
narrar interminable). Y sí, como en este caso, el tantas veces mejor
Segundo Antares, que es de primera y de primeras, es el que, no obstante
el humor (posible –el texto citado antes es ambivalente–) y no obstante
la hiperbrevedad, se distancia de la superficialidad del chiste por
medio de una agudeza de profundidades, entre más porque es un escritor
lleno de recursos sorprendentes, de penetraciones inesperadas, de
entradas y salidas novedosas, unos que en sus libros de diversos géneros
y entregéneros pueden ir desde las recreaciones y rejuegos breverbales
hasta una suerte de galimatías con sentido, desde la aparente
anti-literatura hasta los dictados críticos de las deformaciones
humanas, sociales… desde las explosiones al, y del, lenguaje hasta las
estructuras de vanguardia.
A mis preguntas, Segundo me ha
explicado que hasta los 19 años sólo escribía poesía, y que su
aproximación a la dramaturgia fue inesperada. De pronto se dio cuenta
que algunos de sus textos recientes incorporaban ciertos diálogos y
algunos tenían como estructura del principio a fin lo dialogado. Por
este camino surgían en sus textos juegos de palabras, creaciones
polisémicas. Citando una respuesta que me ha dado Segundo: “Creí
que seguía haciendo poesía, hasta que una obra más extensa ─llamada Sol
y Locquio en el País de Alicia─ me hizo replantearme las cosas,
abriéndome a la posibilidad, o a la realidad, de que estaba
diversificando mi escritura. Así, concebí algunos de mis escritos de
forma híbrida, mixta, asumiendo que serían obras de lo que me gustó
llamar “Poeturgia”, por guardar, en mayor o menor medida, una relación
originaria con una intención poética y una dependencia al texto escrito
que el lector debería tributar, muchas veces tratándose también de
textos mayoritariamente dramatúrgicos cuya fiel representación escénica
no sería muy viable, dados los juegos de lenguaje a los que me refiero,
que le otorgan un arraigo al papel y algunas veces, difícilmente, una
proyección teatral.”
Segundo Antares define de esta manera varias de sus temáticas y propósitos: “Compañía/Soledad/Relaciones
de pareja, Introspección/Locura, Disolución de la infancia/Retos de la
vida adulta (vocación, vida laboral, y más), Juegos/Humor, entre otras,
nacidas, muy probablemente, de experiencias vivenciales, directa o
indirectamente ligadas a mi desarrollo personal. Con el tratamiento de
estos temas pretendo, más que todo, plantear situaciones a las que el
lector pueda aproximarse desde su propia óptica, sin pretensión de
dirigir éticamente las nociones que puedan derivarse de lo escrito,
sino, más bien, facilitar o proponer un determinado punto de encuentro
con el lector, que, idealmente, enriquezca el momento de su lectura.”
Todo
lo que he escrito sobre Segundo Antares en los dos primeros párrafos
está presente con excelencia en su libro de microficción dramatúrgica, Digresiones del poeturgo, y
tanto está el humor sintético y sus dimensionamientos. Hay más, y es
aquello con lo que mejor me identifico: la categoría dramática de los
textos hiperbreves más trascendentes que ha incluido. Y el
desgarramiento humano y la intensidad para expresarlo de las creaciones
trágicas de Antares, todo desde una brillante experimentación muy
centrada en las experiencias con el lenguaje y en sus renovaciones.
Madrid, primavera de 2013.